Mi suegra cocina francamente delicioso, como creo que yo nunca llegaré a cocinar, pero a un ritmo anacrónico con el corre corre de mi vida familiar. Su lentitud y parsimonia se convierten en una prueba a mi paciencia y respeto hacia sus tiempos. Cuando viene a casa y se mete a la cocina empieza mi inquietud insolente, porque aunque sé que ese es su ritmo y su posibilidad, mi reloj interno parece andar a otra velocidad.

Ella me ve, me siente, me conoce y se pone nerviosa, se le olvidan algunas cosas y me pregunta a mí por recetas e ingredientes que desconozco, lo que aumenta mi inquietud y mi prisa…respiro, respiro, como seguramente también ella hará para aguantarme a mí.

En mi caso mi padre ya de 70 se ha negado a usar bastón, pese a que es una  prescripción médica para tener más soporte y evitar caídas. Mi madre le ha comprado múltiples modelos que no le satisfacen y que deja “olvidados” en todas partes. Hoy conversando con él me confesó: – hijo el bastón anuncia a distancia que estoy viejo, le grita a todos que ni siquiera puedo con mi propio cuerpo…-

Esta revelación cambió completamente mi mirada del asunto y mi juicio crítico hacia él, no era un tema de terquedad, de inconsciencia o ignorancia, era un tema de “Dignidad”, tenía que ver con algo más, me preguntaba ¿porqué le avergonzaría tanto envejecer si es tan inevitable? pero así es él.

Le prometí buscar juntos un bastón transparente y me dijo en tono burlón y agradecido –si es tan importante para ti que yo use ese bastón quizás accederé-

Aveces siento que sus razones no son nuestras razones, que sus importantes distan mucho de los nuestros, que sus tiempos descuadran nuestras agendas, pero que para allá inevitablemente todos vamos a llegar.

Despedimos este post con una frase que dijo en una ocasión un hombre mayor a un neurólogo joven que le practicaba una evaluación: -“hijo no me preguntes tantas cosas, que yo no acudo a la memoria para fastidiarla con cosas irrelevantes, ella viene a mí solo para recordarme lo importante”.