En casa tenemos tres mosqueteros Joaquín de 11, Manuel de 8 y Ernesto de 3. El fin de semana pasado a Ernesto, nuestro hijito más pequeño lo invitaron por primera vez a la fiesta de un amiguito. Estaba emocionadísimo, nos pedía que lo lleváramos temprano y que si no podíamos quedarnos con él, no importaba que lo dejáramos ¡solito! que él igual iba a jugar mucho.

Mientras Ernesto (el pequeño) decidía que ropa quería ponerse “él solito” para la fiesta, Manuel de 8 lloraba para que le amarrara las trenzas mientras yo insistía en enseñarle a que se las amarrara por si mismo, algo fastidiada, le señalaba que no tenía que perseguirme llorando por toda la casa por una cosa tan pequeña como unas trenzas desamarradas, pero para Manuel no parecía ser una cosa tan pequeña “la mayor necesidad que tenía de su mamá”.

Joaquín por su parte, nuestro mosquetero mayor de 11 años, absorto en su juego electrónico, solo quitaba la vista de la pequeña pantalla cuando Manuel lloraba por sus trenzas, haciéndole una mueca burlona y diciéndole que él había aprendido  a los 6, ante lo que recordé que efectivamente era cierto, como también el hecho de que él, Joaquín, nunca había querido quedarse en una fiesta sin nosotros sino hasta hace muy poco, a diferencia de como se comportaba nuestro hijo menor.

En casa no tenemos tiempo para aburrirnos con tanta variedad y la verdad a veces nos sentimos unos padres completamente diferentes con cada uno de los 3 lo que nos desconcierta un poco y nos genera en ocasiones hasta cierta culpa. Ernesto de 3 moriría por poder amarrarse las trenzas él solito y los intentos que hace por lograrlo imitando a sus hermanos son insólitos, Manuel por su parte tiene otro tiempo, nos necesita más y aunque hemos querido darle más vuelo como lo han tenido sus otros 2 hermanos, él se encarga de recordarnos que necesita más horno, que dejemos el apuro. Joaquín el mayor es un tipo tranquilo, nunca lo hemos visto tan emocionado por una fiesta a la que lo hayan invitado como si se emociona y mucho, el pequeño de nuestros hijos y aunque a veces nos preocupamos,  la verdad tiene sus buenos amigos, pocos pero buenos…quizás no tantos como nos gustaría, no tantos como sus hermanos, pero suficientes para él…

Despedimos este post con la reflexión de Mariela Michelena, psicóloga venezolana en la que nos comenta:

“la frase: yo soy igual con todos mis hijos suena a veces un poco incongruente, si cada niño es diferente, cuando un padre es igual con todos probablemente se está equivocando con alguno”