Javier está en 1er grado, sale a la 1:30 del colegio, come rapidito mientras su mamá lo ayuda a cambiarse para la práctica de fútbol, que comienza a las 2:00pm. Termina a las 3:30 y Javi sabe que hoy le toca irse con la Sra. que hace el pool para su clase de natación a las 4:30. Al llegar, Javi se zambulle en la piscina, se relaja flotando un ratito y se imagina que es un barco pirata que naufragó, que puede quedarse quietecito, inmóvil, sin hacer nada, luego le provoca ir  a jugar a los tiburones con su amiguito del otro carril, pero suena el silbato de su entrenador, quien le ordena “Javier, agarra la tablita y ponte tus lentes que estamos haciendo 5 piscinas para calentar”. A Javi no le queda más remedio que entrar en “el carril”, hasta las 5:30, cuando termina su clase, y aunque sus papás saben que está cansado, les parece preferible que se quede en el club, con la chica que organiza las tareas dirigidas, para que haga las tareas y llegue a casa listo para la rutina de la noche, por lo que Javi tiene tareas dirigidas de 6:00 a 7:00pm, que es cuando finalmente se va a su casa.

Al llegar, todo debe transcurrir bastante rápido y mecánico (cena, baño, organizar bulto para el día siguiente, pijamas, cuento) para que Javi pueda estar en la cama antes de las 9:00Pm. Se apaga la luz y Javi se queda viendo la sombra de todos los juguetes con los que no jugó, piensa que quizás mañana podrá jugar, pero olvida que mañana es el día musical y entre sus tareas dirigidas y sus clases de piano y coro probablemente no le de chance de más. Finalmente nuestro Javi se duerme y sueña que es un barco pirata que naufragó y que tiene la suerte de quedarse quietecito, inmóvil sin hacer nada más… ¿Cuántos de nuestros niños no son como Javi?.

Las razones que suelen justificar estas apretadas agendas infantiles son múltiples, desde los horarios laborales de los padres que impiden el acompañamiento de los pequeños en la tarde, sugerencias de profesionales de la salud, genuinos intereses por parte de los niños, tendencias o modas, anhelos frustrados en los padres que buscan ser satisfechos por medio de los logros de los niños,  hasta deseos por formar hijos integrales, capaces de lidiar con las altas demandas de competitividad en nuestro mundo actual. Sin embargo la pregunta va dirigida a la noción de integralidad, ¿qué tanto se puede integrar, digerir, procesar en una carrera contra el tiempo, sin margen ni espacio para evocar lo realizado, para que se asiente lo experimentado?, ¿qué tan integral es un niño que no tiene espacio para jugar libremente y no exclusivamente dentro de una actividad estructurada, reglada, limitada y evaluada por adultos y de la que se esperan resultados en términos de destrezas o competencias?, ¿qué tan  integral es un niño al que le cuesta crear e inventar porque todo le viene dado desde afuera? ¿qué tan integral es un niño cansado y estresado? ¿qué tan integral es un niño que no aprenda a elegir, a renunciar a algunas cosas, en el afán de hacerlo todo, saberlo todo? Y a fin de cuentas ¿qué tan integral es un niño que crea que debe saber de todo incluso de aquello que no le interese, un poco en respuesta a esa supuesta preparación para la vida y otro poco en satisfacción del ego y narcisismo paterno?.

Despedimos este post con la reflexión de la psicóloga venezolana María del Carmen Míguez en el que señala:

“se está intoxicando a las nuevas generaciones con la idea del éxito profesional y académico, olvidando que toda posibilidad de triunfo personal pasa por la necesidad básica de contar con espacios para la expresión de las fuerzas más profundamente innatas y primitivas, propias de la naturaleza humana. No es que ordenar y canalizar los impulsos y la energía vital no sea bueno; es que el ser humano en crecimiento necesita experimentar sus propias “tremenduras”. Y estas, pueden resultar de mayor utilidad para el crecimiento y la maduración, si afloran en un espacio suficientemente libre y seguro”